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10 février 2015 2 10 /02 /février /2015 19:53

La poesía y la inteligencia, asesinadas : Robert Brasillach

Una evocación a su figura y obra

« Encerrado entre cuatro muros de cemento y sin más esperanza que la de morir bien ». Así describió Jean Anouiih las últimas horas, las horas de agonía de aquel hombre joven de sonrisa infantil parapetada tras grandes gafas, condenado a muerte y ejecutado el 6 de febrero de 1945. Su nombre, que hoy sigue resonando dolorosaniente, quizá más dolorosamente que nunca: Robert Brasillach.

¿Por qué su corazón y su inteligencia fueron brutalmente destrozados ante el gris paredón de Montrouge, nombre simbólico, por doce balas francesas en una mañana de bruma fría ? ¿ Por qué se le asesinó ? No hay otra palabra, en efecto, para estigmatizar este crimen: fue un frío y deliberado asesinato después de un proceso infame en el que la sentencia estaba dictada de antemano. No hubo instrucción, un único interrogatorio y, como piezas acusatorias, sus artículos de periódicos.

Se le condenó a muerte por las mismas «razones» por las.que se asesinó a Jean Herolt Paquis, George Suárez y Paul Chack; se exhibió a Sacha Guitry en una jaula del parque zoológico de París, para que la vil plebe revolucionaria pudiera verle comer humillado entre rejas; se empujó a Drieu la Rochelle al suicidio; se acorraló en un exilio de hambre y miseria a Celine; se dejó pudrirse en una celda a la pura inteligencia de Charles Maurras y a la formidable humanidad de Henry Beraud, uno de los mayores periodistas que Francia haya tenido. Y en este siniestro escalafón de ejecutados y condenados no hemos citado más que algunos nombres. La lista podría alargarse como las cadenas de forzado que se le pusieron en los tobillos y en las muñecas al pobre Brasillach, tal como él evoca en uno de sus poemas de Fresnes, escritos cuando el alba de la ejecución llamaba a las rejas de su celda. Estos son los crímenes de la Francia resistencialista y liberticida. En 1792, la guillotina. En 1945, el paredón.

Un Joanovici, un vulgar delincuente que había puesto sus cartas en los dos campos, en el de la colaboración y en el de la resistencia, y había acumulado una inmensa fortuna, fue dejado pronto en libertad. Brasillach fue condenado y la sentencia se cumplió inexorablemente. Cuando Francois Mauriac, en un gesto que lo redime de sus muchas veleidades, pidió su gracia a De Gaulle, le fue denegada con un ademán de soberbia. Para él, Brasillach era a lo más un periodista sin clientela política en el momento de la represión y el terror. Además, "había vestido el uniforme alemán, mientras el de los franceses gaullistas, socialistas y comunistas procedía directamente del guardarropas de los ingleses". A muerte, pues, Brasillach. Hoy se sabe que el hombre señalado como el condenado en una fotografía incierta, se le parecía mucho, pero no era Brasillach, que nunca llevó el «feldgrau» alemán, entre otras razones porque no se enroló en la Whermacht ni en ninguno de sus servicios. Ni siquiera fue trabajador voluntario en Alemania, como el secretario general del Partido Comunista francés, Georges Marchais, ni estrenó sus obras con el visto bueno del mando alemán, como Sartre. Pero se le fusiló.

Brasillach amaba la vida y esa fue la nota vibrante de la obra que labró en su breve existencia. La amaba por encima de la costra mediocre de su tiempo, que fue el del Frente Popular. Crítico, cronista, novelista, poeta, periodista, dramaturgo, amaba ante todo a su pueblo. Lo amaba tan desgarradorarnente como sólo puede amarle quien lo veía marchar tambaleándose hacia el envilecimiento, la decadencia, el hundimiento en las sombras del marxismo. Tengo ante mí, amarillento ya, un recorte de uno de sus artículos de Je Suis Partout, titulado precisamente «Le Front Populalre», ácido, amargo, insolente e irónico a la vez, en cuyas líneas, escritas en plena guerra, anticipaba lo que sería una Europa y una Francia gobernadas por los frentes populares que deseaba implantar Roosevelt, y con él Stalin y con ellos algunos burgueses a los que Brasillach acusa duramente. No se puede ser profeta. Ese artículo era una de las «pruebas» acusatorias.

Lo que no podían suponer sus asesinos «legales» es que su obra se prolongaría y reviviría con más fuerza después de su muerte. "Presencia de Virgilio", "Como el tiempo pasa", "Los cadetes del Alcázar" y una historia de la guerra de España, escrita en colaboración con su cuñado Maurice Bardeche; "La conquistadora", "El hijo de la noche", "Berenice", "Antología de la poesía griega", "Carta de un soldado de la quinta de 1960" -dedicada ala juventud de 1960, que no conocería, pues la obra fue escrita en la cárcel-; "Escrito en prisión", las notas sobre André Chenier... Lo que llama la atención en toda esta vasta obra es la luz que brota de ella. Es la luz que guiaba a Juana de Arco, la luz de las vidrieras azules de la catedral de Chartres. En suma, una luz que venía de su propia alma, tan llena de ecos religiosos y evocaciones sensibles:

«Este silencio solo que cae sobre la orilla
es digno de¡ canto de las primaveras desaparecidas,
y arroja sobre el fuego de las heridas cautivas
el bálsamo bajo el cual el corazón sangra más.»


Y el suyo sangraba. Hay que decir algo que envilece aún más a los que le juzgaron, le condenaron y le ejecutaron : Brasillach no fue detenido. Se entregó voluntariamente porque la justicia resistencialista y liberal, al no encontrarle en su domicilio, detuvo a su hermana, su cuñado y su madre, arrojándola en una innoble prisión.

En uno de sus libros escribió « Aquellos que mueren poco después de la treintena ». ¿ Pensaba en un gran pensador ahora innombrable, una de las figuras que más le sedujeron ?

No renegó de ninguna de sus convicciones ni para salvarse. ¿Por qué había de hacerlo? Amaba la vida, pero amaba más el saber morir.

« Perdónanos, Señor, si nuestra alma carnal
no quiere dejar su compañero el cuerpo ».

Y entre esas convicciones hay una cuya evocación, en el recuerdo de su fusilamiento, suena amargamente: la unión de los franceses y los alemanes era necesaria .

Murió gritando frente al pelotón de ejecución: « ¡Valor ! ¡Viva Francia ! ».

José Luis Gómez

Publié par ARB

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